Toda mi carrera escolar se desarrolló en el mismo centro de Estudios: Colegio Blanca de Castilla, en Madrid, entre las calles Eduardo Dato y Fernández de la Hoz. Desde los cinco años hasta los dieciocho pasé la mitad del tiempo de todos los días lectivos entres las paredes multicolores de ese lugar de trabajo. Para mí no fue un trabajo sino un privilegio poder disfrutar todos los días de mi vida de las mismas personas que intentaban enseñarme, a veces sin demasiado éxito, de los mismos niños y niñas que cada día revoloteaban a mi alrededor generando una férrea y continua, casi perpetua sensación de simple complacencia. Una felicidad fértil e irredenta. Una felicidad inconsciente, que en esa dimensión inconsciente ya jamás se volvería a repetir. Como si de un tocadiscos atascado en el mismo mejor tema. O de un balancín moviéndose hasta cuando esta inmóvil o el de un tiovivo que gira sin parar dando vuelta en el mismo sitio para depositarte en cualquier otra parte. Así me sentía yo en mi colegio.

Aquellos maravillosos años. Año 1986, energía principal Tigre. Con todos mis compañeros de la clase de 4o de EGB, grupo C
Dichoso sin saberlo. Supongo que como casi todos los niños que viven lo que les toca sin solución de continuidad y porque sí. Qué bonito, cuanta belleza coexiste en aquello que se torna irrevocable y sucede sin que tú puedas hacer nada. Sin siquiera saber porque pasa. Luego los años si eliges un camino de alta profundidad te darán la medida de que todo lo que pasa pasa porque tiene que pasar, como en la película Matrix 2, cuando en la escena del ascensor, Morfeo le asegura a Neo que si siguen vivos es porque hicieron lo correcto. Pues en la vida de cada uno, Ídem, como dirijas tu atención y proyectes tu consciencia es una decisión tuya y personal, pero las lineas maestras, los lugares a lo que irás, incluso las parejas que tendrás ya quedan trazadas incluso antes de nacer, y solo si eres un ser espiritual podrás separarte y desligarte de la experiencia como si fueras un observador, uno ojo de gato, dejándote desligar por la madeja de la vida como si el ovillo perteneciese a otro y tu te erigieses solo en el observador de tu propia experiencia.
Fueron años gloriosos en el mejor de los escenarios, un bonito colegio en el centro de Madrid en el que todo parecía ser posible.