Fue en Londres, en el año dos mil dos. Yo contaba con veinticinco años, me invitaron a un cumpleaños, algo típico por aquellos años: las invitaciones de cumpleaños. Llegué tarde y aunque la fiesta se había disuelto todavía quedaban varios amigos en el bar de la convocatoria celebrando la liturgia de la post party. Lorena, una amiga que trabajaba para Zara en Londres me presentó a Miguel, el que se convertiría en mi mejor amigo durante los siguientes meses. Alto y moreno. La empatía surgió sincera y automática. Solteros jóvenes en Londres y con intereses comunes y para rematar la jugada, él había nacido en mil novecientos setenta y seis, año del Dragón, la magia, la pareja de mi año de nacimiento. Serpiente. Dos energías ultracompatibles y muy afines, siempre es así, sin excepción, el mundo de la realidad visible se desarrolla a través de las corrientes de energía lunar y viceversa. Energía-hecho. Hecho-energía. No hay uno sin la otra. Ni otra sin el uno.
Nos hicimos inseparables y él comenzó a hablarme de forma natural de los animales de la astrología china. Me llamó la atención. ¿Cómo era posible que la energía de la Luna provocase tal impacto sobre todo lo que sucede en La tierra? Según fue avanzando nuestra conexión que continuó más tarde entre Barcelona y Madrid fui confirmando que todo lo que Miguel me comentaba se hacía realidad como una suerte de automatismo etérico refrendado, propulsado a velocidad de reacción por la energía de la Luna.
El hecho más sorprendente llegó cuando en Madrid, junto al padre de Miguel, el cantante Manolo Tena, me presentaron a uno de sus mejores amigos y él con un solo vistazo fue capaz de precisar mi año de nacimiento. Ese detalle permaneció en mi subconsciente y me acercó al mundo lunar como forma de entender la realidad que nos rodea.